jueves, 9 de noviembre de 2017

Apoteosis

                                                                        II

(…)

      Adentro de un arco de llanto, que ningún ser humano ya jamás mirará, yo, borrado, acuchillado, con la lengua quemada por el ancestro del mundo, y el grito inútil, como adentro del pellejo universal, te seguiré llamando: viejo, ruinoso, muerto, sin cabeza, sin corazón, sin pupilas, hundido en lo infinito del infinito, y en el hoyo tremendamente hondo de lo irreparabilísimo, que rodea la gran soledad catastrófica con que me va a saludar tu actitud deshecha cuando me acueste, cansado de estar cansado de cansancio, a todo lo largo y lo ancho de tus riberas irremediables, despedazado en la memoria de los siglos, contigo y los hijos y las hijas y los nietos y las nietas y los padres y las madres, y los padres de los padres y las madres de las madres y los padres de los padres de los padres, y las madres de las madres de las madres, te seguiré llamando; caídos los vestiglos y desaparecido, hundido y perdido definitivamente en las tinieblas de la materia que únicamente, álgidamente, hórridamente alumbra cuando engendra, como un eco, un individuo, en aquel instante inmemoriable en que no he de ser ni una sombra de una sombra, te seguiré llamando, y te seguiré llamando por los siglos de los siglos de los siglos, desde la eternidad vacía, hacia la eternidad vacía, te seguiré llamando... aprendí a escribir adorándote, cantándote, idolatrándote, y hoy lanzo pedazos del mundo hecho pedazos, a tu memoria, tronchado y desde abajo, por adentro de un montón de escombros, entre la sociedad que se derrumba, agonizando, y los pequeños chacales hambrientos, que aúllan en el gran crepúsculo, en el cual todo está roto y no tiene sentido, todo está roto, todo está roto, y por cuyo abismo se levantan las hachas y las horcas, entre las llamas amargas, desaforadas de las últimas catástrofes, con un gran cinturón de terremotos y de cataclismos; ahora la aurora no volverá a asomar más, y los mundos oscuros, entrechocándose, rodarán, conmigo adentro, a la soledad enfurecida.
      Degüello mi lenguaje a tus pies y me arrojo como un toro oscuro y desnudo contra la nada.
    Acumulando los sepulcros de los héroes y los mártires de la tierra, desde la gran Asia mosaica al África ajusticiada por millones de degolladores de "Dios", desde la Europa de Marx a la América popular a la cual ahogó en alcohol la aristocracia-mercantil-encomendera, y a la gran oceanía cósmica, pantano del pasado, a la orilla mundial de la tumba única de la Plaza Roja y en donde repose el esqueleto de Jesucristo, encima de los océanos y los desiertos de acero, a la sombra de pólvora de los volcanes de Chile, que son el temperamento de la ciudadanía, por debajo de los osarios, por adentro de los milenios y las verdades de oleaje internacional, tu epitafio de universo caído en los siglos, gritará: “Aquí duerme y crece para siempre la más hermosa flor de los jardines del mundo: WINETT DE ROKHA”.

Pablo de Rokha: Fuego Negro (1953)

Versións:
Ocho Bolas: Fuego negro; Genio y figura; 2003; Pista 14

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